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Hastío

Hastío. Eso es lo que tengo.
Al menos Elenita y yo pudimos entregar el laboratorio a tiempo, luego de amanecernos para redactar el informe. Esto de tabular 200 datos de miércoles para viernes y tratar de determinar tendencias para datos que no tienen ni pie ni cabeza es una total tortura. Luego, el examen. De puro trámite, pero no dejaba de exigir que me embotellara cinco capítulos sobre la historia de la dos revoluciones rusas de 1917, del montón de facciones políticas que surgieron, de puñaladas traperas -literales y ficticias- entre los líderes rusos… ah, todo un babazo. Y a las cuatro y treinta de la tarde de un viernes, nada más que por joder. Con tal de retener a dos secciones enteras hasta que oscureciera, pues porque sí. Porque el profe tiene guille de Latin Lover.

Y, para colmo de males, al llegar al estacionamiento, y encender el carro… ruido blanco en la radio. Eterno. Por un segundo creí que se había dañado el auto entero, o al menos el sistema eléctrico… pero no, algún payasito desenroscó mi antena, y se la llevó. Al menos no me asaltaron, ni me pasó peor. Cero guardias. No debiera extrañarme.

Billy me trató de contactar por chat mientras yo aprendía a deletrear “Kerensky” esa tarde. No sé por qué insiste. Si, le tengo cariño, pero el tiempo ha sido mucho. No creo que lo ame como lo hacía hace dos años y medio. Y de paso, me sentía rarísima cuando me buscaba al regresar a Puerto Rico cada diciembre, y él pretendía que la distancia no fuera pretexto para volvernos a ver. Así yo supiera que él me tuviera siempre presente -y sobre todo cuando se trataba de un nerdo irredento, un “geek” en esteroides, o como le llamara Abu, “estofón”, con la seguridad de que sus únicas proclividades aparte de mi fueran sus juegos de video.

Y así, pasamos del noviazgo de lejos, a ser felices los tres. Claro, Yusef solo procuraba filosofar con la labia monga, armar perretas en público, o rebuscar imágenes mentales de Rafael Alberti, Julio Cortázar y Pablo Neruda, y destilarlas en una cursilería digna de fupista wannabí… pero algo de él me atraía, así su pinta me repeliera de vez en cuando. Sus panas se iban en este viaje intelectual cabrón. Sus inseguridades andaban recubiertas de silencio. Eso es, con par de sections encima él se volvía meloso. Demasiado. Su genialidad podía revolcarme las hormonas de vez en cuando, si bien era más el tiempo que pasaba fumando en la cama y yéndose en “rants” que dándome cariño. Era mi “bad boy” de ocasión, si bien podía estar ensimismado las veces suficientes como para yo creer que su amor era por sus propias neuras, y no por mi.

Yo mantuve contacto con Yusef mientras pude. Yo apenas podía tener tiempo para mí misma, menos para una relación. Era de altas y bajas. Billy era mi amor de adolescente; Yusef era mi primer chillito ocasional de adulta, hasta que decidí practicar el zen con las teorías de Mendel y resignarme a los turnos suicidas en la tienda, y no tener tiempo para ninguno de los dos. 

Entonces Billy se fue becado para afuera, y yo me limité a recibir los avances ocasionales de Yusef. No sé si él me veía como una “fuck buddy,” como una musa, o como postre para adornar el brazo mientras fuéramos a escuchar disertaciones doctorales de teoría política con los borrachones a quienes les hacía coro. Tengo que confesar que mi enchule fue fuerte. Demasiado. Mientras duró.

El problema es que Yusef tenía una vibra de pichón de dictador. Su veta machista era innegable… típica de los nenes de izquierda. Él inventó el “mansplaining” en alguna vida anterior. Abría la boca para refutar todo lo que saliera de la boca de una mujer, así fuera yo, las profes de Ciencias Sociales, Elenita, mami, su madre, su hermana Sammar, o la mujer que fuera. Innegable la sensación de ser tratada como una casquihueca en público frente a sus panas. Hey, yo no sabré tanto de teoría política, pero para no saberlo, me defiendo mejor que él en muchos renglones. Podía llegar a ser irritante: de repetir algo cuatro veces seguidas para enfatizar su punto. Engolando. Vibra de Lenin en palitroques. Diantre.
En el saco de los mameyes, la melosería fue “nice” en un principio. Podía ser tierno. Me encuentra hermosa, lo que es un halago. Fue el primer varón que no me trató como un par de pechos ambulante, al grado de siempre pedirme “doggie”, frente a un espejo, cosa que me desconcertaba. Se tenía que ver a si mismo diz que dominándome, así su desempeño fuera pésimo, gracias a que Narciso descubría mi trasero. No era que fuera mal amante: nuestros intercambios de fluidos corporales eran gloriosos, los dos minutos que duraban. La vibra, sin embargo, era filosofar, no follar. Era como pedir una audiencia para un seminario de política, con sexo incluido en la propina. Casi nunca me sentí halagada, realizada o relajada a su lado, pero preferí seguirle la corriente, mientras pude. Casi siempre nos buscábamos cuando uno de los dos estaba voluble, bellaco, o ambas cosas. 
Al quedarse papi sin trabajo, la cosa se apretó en la casa, así que tuve que pedir los peores turnos para poder estudiar doce créditos, y aprovechar la nocturnidad para ambas cosas. Como esas horas de múcaro eran también las disponibles para Yusef, tendría que ir de madrugada a verme haciendo de “stockwoman” en el área de supermercado, si me quería ver. Y si la rechoncha cabrona supervisora no se iba en brote. Creo que ella me lo ahuyentaba, a sabiendas.
El trabajo no era malo, pero implicaba mucho esfuerzo físico para organizar y clasificar víveres y cajas. Luego de dos noches de amanecidas para estudiar, y sabiéndome secuestrada por la multinacional negrera el sábado por la noche, decidí irme en viaje de meditación trascendental en mi cuarto el viernes. Papi, Mami y Andrés se fueron a ver a los abuelos, por lo que me quedé sola en casa. Llegué del examen a morsear en casa, durmiendo como hasta la medianoche. Elenita llamó mil veces, pero le envié texto para que me dejara dormir. A medianoche me desperté, busqué un vaso plástico, un yogurt de fresa, desenrosqué el vino, llené el vaso, y me fui a ensayar el hedonismo con la abulia más pastosa del mundo. Hubiera derramado potpourri en la bañera y vaciado medio pote de shampoo en el agua, con tal de comer mierda un poco, pero me aguanté.
Luego de quitarme la ropa, me miré al espejo. Como siempre, hay algo de autoflagelación al mirarse con detenimiento al espejo. Me había quedado con dormida con el maquillaje, así que mis ojos parecían dignos de mapache trasnochado. Tenía esmoruzás hasta las pestañas. Al menos mi piel lucia libre de imperfecciones o alergias. Podría haberle hecho las vacaciones a la Hermana Tata en el Capitolio, o hacerme trenzas en las patas, pero mi fenotipo me salvó de lucir hirsuta a simple vista. Mis vellos padecen de jinchera, como la dueña.
Así que rellené la bañera, y sencillamente vegeté allí a solas, en silencio. Exhausta, incluso luego de seis horas de sueño. Con un dolorcito de costado de esos sabrosos, de los que me alertaban de mi potencial para ser fértil y huirle a Yusef y sus intentos de jugar a la Ruleta Vaticana. Desganada… aunque tengo que confesar que me veía más voluptuosa que nunca. “Coño, qué buena estoy,” diría la cínica en mi. Hinchadita, gelatinosa, grata a la vista pero no al toque. La navaja se encargaría del guayo en las piernas. La pinza, de este único y ridículo vello bajo mi ombligo. Hoy le estaba haciendo homenaje a Montgomery, con un barrito sebáceo tan grande como mi pezón izquierdo, justo a su lado. Mis tetas mutantes… hinchadas también. Seguro hoy podría lactar a Zimbabue entero si tuviera hijos y mis niveles de prolactina rompieran la escala. 
Pero no me sentía sexy para nada. Solo pensaba en pagar el carro, tomar un préstamo para la antena, ahorrar para el próximo semestre (si Yusef y sus panas no trancaban los portones de la universidad antes), no colgarme en Genética, y desear que papi no tuviera que irse de nómada por contrato a los Estados Unidos, cosa que haría que mami se fuera en brote, Andrés se pusiera a joder todas las noches en casa, y a mí me tocara servir de handywoman, cocinera y contable mientras papi estuviera fuera. Me bebí el vino entero, y me puse a examinar mi cuerpo, buscando barritos, vellos anárquicos, estrías…
—-
Llegué a quedarme dormida en la bañera. El agua enfrió hasta erizarme el cuero. Yo, que soy friolenta, maldije el tener que incorporarme para abrir de nuevo la ducha, desenredarme el pelo, y terminar el trabajo de enjabonarme y enjuagarme. 
Recordé mi turno de las 7 de la mañana en la tienda. Mierda. Luego de pelear quince minutos con la secadora de mano, secarme hasta dentro de las orejas, y programar el teléfono para que me despertara a las cinco, me dormí, seguramente bajo el estupor etílico. 
Sonó la alarma del teléfono a las cuatro horas, y curiosamente, no me sobresalté. Nada de sueño, nada de hangover, nada de cansancio. La total antítesis de unas horas antes. Revisé mis tweets, me enteré de par de chismes, si bien mis amigos chotas seguramente dormían a esa hora o estarían residiendo en una cuneta. Me vestí, en uniforme corporativo: blusa de botones con logotipo bordado, pantalones holgados, botas de nena buena en el Midwest, y un moño apretado de esos que le hubiera sacado barba a Evita Perón. Con los pendejuelos, me veía bien nena estofona… solo que el estudio iba a ser la más reciente reconciliación de inventario.
Pero me sentí irreal, etérea. Sin una sola molestia encima. Como para prender Spotify y montar una coreografía frente al espejo, con mi cepillo Senheiser. Sin dolor de costado. Quizá reteniendo medio galón de agua, pero sin molestias, ni en los dedos, ni en los chichos, ni en las chichis, ni en los cachetes. Cero barros para tapar con concealer, cero dolores de espalda, cero ardor en los talones por tener el cuero pelado. Cero hervedera por el tinto. Y los sábados por la mañana son lentos en el trabajo, por lo que -rarísimo en mi- me sentía verdaderamente contenta.
Elenita se me iba a defecar en mi progenitora cuando le texteé, con tal de relatarle la regresión de Billy a los tiempos de chuparse el dedo, que tuve que manejar a control remoto. La desperté, pero respondió a las siete menos diez de la madrugada. Mala mía, pelúa. Gracias por estar ahí para mí. Yo adoro a esa prieta.
Mientras hacía malabares para conducir bajo una llovizna pasajera mientras texteaba (en los semáforos, mind you), Elena me contaba de la reaparición de Adriana, el paño ocasional de lágrimas de Yusef, en su perfil cibernético. Igual de intelectualoser que muchos de los panas de Yusef, bonita, flaca como un palillo… psycho como ella sola, pero decididamente complemento real de mi prócer wannabí. Yo hasta deseaba que volvieran. Así me iba yo a distraer menos. Ella lo iba a entender mejor que yo.
Luego de pasar a ser un récord más en una base de datos de asistencia por el día de hoy, y pasear por el área de Electrónicos para descubrir que mi antena no iba a tener reemplazo, descubrí que iba a estar sola todo el turno -¡por fin!Busqué el listado de reconciliación. Corto, gracias a Jehová Pastor de los Ejércitos. Hoy me tocaba la farmacia, siempre una pesadilla por la cantidad de merma causada por cuanta yal pasara a investigar el color real de los tintes de pelo, o de los viejos abriendo los frascos de vitaminas, pero al menos reducida por la férrea vigilancia de la farmacéutica en jefe, que contaba y recontaba frascos, pastillas, ampollas y orales casi por compulsión obsesiva, detrás del mostrador. Gracias, licenciada.
No me permiten tener puesto mucho guindalejo en la tienda, y de hecho, me había puesto una pulsera de metal que, de pronto, me dió picor en la muñeca. Afortunadamente, entre la merma de la trastienda, había un frasco abierto de aerosol para la dermatitis. Me embadurné la mano, y me froté la muñeca. Me espacié leyendo el frasco. Difenhiguaréver, acetato de zinc… de verdad estaba en las de mojonear hoy. Afuera llovía mucho más fuerte: una bendición para mí, porque la gente que nos compra son de cartón, y no salen de su casa cuando el clima está feo.
Salí de la trastienda con el portapapeles en la mano. La piquiña de la muñeca, y el emplegoste del aerosol competían por mi paciencia. Regresé a lavarme la mano, al baño de la trastienda. Frente al espejo de tocador me observé de nuevo. Todo en orden. Me lavé las manos, y el agua salía glacial. La secadora de manos no ayudaba; de ella soplaban vientos de galerna signos de la Antártida. De hecho, me salpicó del agua en mis manos en vez de secarlas. Me observé de nuevo. Un buen manchón de agua en mi cintura, que habría que absorber con papel toalla. 
El frío me envió chispetazos por la espalda, las manos, y el torso. Tenía las manos congeladas. Y yo, a raíz de eso, tetierecta. Demasiado obvio frente al espejo, con todo y sostén cubrefaltas. Algo tenía que hacer para no lucir demasiado contenta para los invitados, así que la asociada se frotó las manos cuanto pudo, y se hurgó el escote. Hundí mi pezón con el dedo para tratar de aplacarlo, y toqué la glándula brotada justo a su lado. Su textura era tan rara al tacto que me asusté. ¿Tendré cáncer? Así que me desabotoné la blusa, y descolgué mi pecho izquierdo por sobre la barda del encaje. Apreté la glándula suavemente con los dedos, y una cinta larga de sebo duro se desencajó de ella. Ahora la teta lucia normal, al menos.
Y en mi espaciaera, me miré bien. Siempre me habían dado complejo mis pechos, pero por alguna razón hoy, mi autoestima o lo que fuera andaba de visita hoy. Madre, parezco actriz porno. Mi pezón decididamente erguido, casi con ganas de salir expulsado a una órbita geosincrónica, con la punta tan blanca como luz de cámara de iPhone, jajaja… mi areola enorme, lisa -excepto por la maldita glándula-, más oscura de la cuenta; mis dos venas, que hubieran enamorado a Drácula e invitado a desayunar, mis estrías del escote, que usualmente me daban complejo pero hoy lucían kiut… me embelesé. Se me pegó el narcisismo de Yusef. Me desabroché, y me inspeccioné la otra lola. Aparte de la marca de la varilla en las costillas, la compañera de juegos de la intrusa estaba igual o más erizada. Hoy yo imitaba al pollo To-Ricos, por mi aspecto de carne de gallina en las pechugas.
Pero me ocurría algo rarísimo. Siempre que a mi cuerpo le daba la mala costumbre de ovular, mis senos se volvían hipersensibles -si, como hoy- pero también adoloridos. Usualmente sentía un dolor acuchillante intenso en alguno de mis pechos, y una molestia tal que me impedía hasta vestirme. Hoy, sin embargo, no me dolía nada. Calibré con mis dedos el dolor punzante que esperaba sentir en mi seno derecho, y lo que sentí fueron ganas de estirarlo, de frotarlo, de incomodarlo a ver si el dolor reaparecía. El resultado fue terminar con dos balas calibre .38 sobre mis pechos, y una prueba de resistencia a la humedad de mi panty liner, que parecía dique de inundación de riachuelo… No es que estuviera en la Triple P (Puesta Pa’l Perreo), pero me daba una sensación que rarísimas veces me da. Me quería pavonear. De momento quería que me vieran y me tasaran. Quería ver qué reacción tendría, en el varón que me viera, el encontrarme descotada, particularmente en alguien como Billy, que perdería el control graciosamente, hasta tartamudear y ruborizarse como un tomate.
¿Pero qué hago yo pensando en Billy? Bajón de nota. Me incliné para el frente, me abroché el sostén, me acomodé a mis amigas, y mientras me abotonaba la camisa, me maldecía a mi misma por dejar que la primera imagen que llegara a mi mente de seductora sin experiencia fuera la de mi ex, mi adorable y tonto niño genio, mi torpe acompañante a la adultez. Al menos tuvo algo bueno el choque: me despertó de la fantasía, y el pasme aplacó la taquicardia que recién me comenzaba entre mis piernas. Se sintió rico… ¿pero por qué él?
Quizás deseaba revivir la mezcla de espanto, nervios y placer que experimenté la primera vez que me desnudé el torso frente a él. Que tuve que hacer yo, porque el muy bruto se tardó como diez minutos en desabrocharme la blusa, y llegó a romper uno de los ganchos de mi sostén en su demostración de inexperiencia. Confesó luego ser igual de primerizo que yo… pero al menos yo sabía -y me imaginaba- qué esperar. De nuestro primer encuentro puramente carnal no quiero ni hablar, porque fue un desastre. Pero entonces… Rebobiné mis escenas mentales, de todo aquello remotamente erótico que me había pasado, a lo largo de mi vida entera. 
Sumando y restando… ¡coño, yo he sido bien pendeja! El saberme al menos presentable, bonita, fuente del deseo de alguien, siempre había sido embadurnado por tres capas de miedo, y últimamente, por dos barnices del mismo hastío que consume mi existencia en estos meses. Recordé la primera vez que sentí los ojos de alguien queriéndome abrasar con la mirada: fue saliendo de mi clase de guitarra, a los catorce años. Yo, tierna inocente, preocupada por impresionar a mi profesora con el Twinkle Twinkle, y aliviada por salir con vida de la clase. Debo pasar por al lado del papá de uno de mis compañeros, y de momento noto su mirada de laser doble dirigida hacía mi. Por un segundo creí que sus ojos ponía atención al meme de Black Rock Shooter de mi camisa, pero su sonrisa picarona al saludarme me sacudió. Por Dios, esto no me podía estar pasando. A mí. Pero pasa. ¿Tan grandes se han puesto? ¿Tan vulgar me veo? ¿Tanto llamó la atención? Y de paso… ese papá, ¿tiene pareja?
Hoy me río. Mi reacción fue más de shock que de molestia. Hoy me miran así a diario. Depende de la edad del ligón, de su aspecto físico, de su porte, de su pinta, mis reacciones van desde el hastío -esa palabra otra vez- hasta un tenue deleite con dejos de extravío. No soy de prenderme fácil, pero tampoco soy de apagarme abruptamente… excepto en casos como el de hoy. Pero en este reencuentro con mis memorias, yo no estaba siendo selectiva, para nada.
Pensé en mi primer beso, con un chico del que apenas me acuerdo, yo de colá en una fiesta. Mi preocupación era más por mi técnica (o ausencia de ella) y cómo manejar mis inseguridades. Debí haber sido buena, porque mi fama de besona rica se regó. Pensé en el descarado tiroteo que me reservaban mis compañeros de clase, cada vez que me veían sin el chaleco de la escuela. Ni que mis tetas fueran magnetos, y los ojos de ellos, canicas de hierro… Pensé en la vez que dos cacos se nos arrimaron en la playa, a Elenita, a Yari y a mí, con la idea que les diéramos un abridor de botellas, que dio paso a un rapeo mongo e ineficaz de parte y parte, donde Elenita sintió tasado su ilustre trasero, y yo ligada en mi escote, en todas direcciones. Cuando se fueron, Yari sugirió hacer un concurso de moda playera, por el cual tasamos a cuanto tipo se nos cruzara por el frente. Ganó este feocio con un robusto apéndice peneano, torcido pero decididamente notable bajo sus Náuticas, a quien nos gufeamos por sus patitas de canario. No se puede tener todo en la vida.
Pensé en la vez que a Elenita, Yari y yo nos dio por ver videos pornográficos en la computadora de Yari. Elenita narraba los videos como si se tratara de un documental de National Geographic, como si se tratara de un curso de antropología. Andábamos peladas de la risa, burlándonos de la actuación afectada de las encueractrices, o fingiendo asombro y terror por la nueva película de horror, “El Bicho Que Invadió El Vedado.” Elenita imaginaba más allá del horror, preguntándose cómo determinado bálano barrenaría sus entrañas en la espeluznante probabilidad que su dotadísimo protagonista quisiera pasarla por la piedra. Yari, siempre tan muda, hablaba hasta por los codos (o el Bailey’s hablaba por ella) contando cómo su jevito se le había desmoronado al primer intento de ella de felarlo. El interés de ella era casi didáctico, de repetir escenas y aprender. Yo me limitaba a contar mis malabares para tratar de evitar que Billy se volviera un mar de lágrimas nostálgico a control remoto, mientras yo me dedicaba a conocer a Yusef, en el sentido bíblico de la palabra.
Pensé en esa primera noche con Billy. Pensé en nuestros torpes intentos a tolerarnos sin ropa bajo las sábanas, media docena de veces más. Pensé en cómo me prendían tanto Billy, como Yusef, hasta la estratosfera, pero cómo me eludía el enorme O, nueve de cada diez veces, una vez llegábamos al saco. Con Billy era por su falta de coordinación motora, de siempre, casi digna de paciente de terapia ocupacional. Con Yusef era sencillamente que su embeleso por si mismo era mayor que cualquier placer que pudiera yo darle. Una pena, porque el chico promete cuando mete.
¿Qué costaría ascender al plano de cobrar potestad sobre mi propio bienestar? Si, sería grato volver a amar. Sería ideal tener a quien te sirve de apoyo cuando tu espíritu esté maltratado por las privaciones de dinero, la presión de los profesores, las jodiendas de sobrevivir entre la casa, la universidad y el trabajo… pero habiendo vivido este año por mi cuenta, viendo cómo se escapa el tiempo entre estreses, creo que es hora de ser egoísta. No tanto el caso de comprarme cosas materiales, o de volverme una “party animal,” o de ir a un gimnasio y ponerme dura, o de darme mis lujitos ocasionales. Todos esos implican sacrificio a estas alturas. Es de sacar tiempo para mí, para descansar, para dormir, para recorrer la playa, o ir al campo, meditar, o algo tan bobo como tomar una cervecita o fumar orégano brujo a escondidas en casa. Decidir por mi cuenta qué hago, como vivo mi vida, con quién me junto, con quién salgo, con quien me acuesto, en fin, regir mi vida como yo la quiero. Nada de cumplir por cumplir. Nada de ser la hija modelo, la baby sitter del manganzón hermano mío, o el trofeo de casa de un rebelde sin ideas. La idea es yo ser yo.
Salgo del baño, y regreso a los anaqueles junto a los desodorantes. Se fue la luz. La penumbra asusta en esta esquina de la tienda, aún con las luces de emergencia. A esta hora no hay casi nadie, y por la lluvia afuera, dudo que se asome mucha gente. Los anaqueles lucen vacíos. Ahora han puesto este dispensador de frascos, activado por resortes, que evita los robos a mansalva… y yo tendría que rellenar de potes los carriles vacíos. 
Al comprimir el resorte para colocar los frascos de desodorantes de bola, noté la forma de uno de ellos. Su aspecto de aprendiz de torpedo me recordaba una de las leyendas urbanas que escuchábamos en el colegio, en la High. Resulta ser que una muy insatisfecha compañera de clases decidió acariciarse sus partes nobles con un frasco cerrado, y una vez en el mood, intentó insertarse el frasco en la vagina, para que la tapa se le alojara adentro. Aparte del mal de risa por el recuerdo, era inevitable pensar… Si el diámetro de la botella era menor a una pulgada y media, la pobre compañera debía andar más cerrada que las bóvedas del Morro. Estos frascos son de tamaño estándar, que no son ni muy gruesos, ni muy largos… espérate… ¿yo asociando el desodorante a tamaños fálicos? ¡Jajajaja!
Y divagaba mi mente por la sucesión de órganos masculinos que había visto (o tocado, en tres casos), y cómo comparaban. Madre, estoy como gata en celo. Yo creo que no me había atacado una bellacrisis tan atroz en mi vida. Y para colmo, en pleno trabajo. Casi a oscuras. Y me vi explorando la posibilidad de adelantar mi break por tres horas para, al menos, identificar en la trastienda qué desbalance hormonal me tenía revisando mentalmente las dimensiones gonadales de mis tres tristes amantes, y qué iba yo a necesitar para, de una vez, experimentar con alguno de ellos lo que nunca: un buen, explosivo, ruborizante, anárquico, y prolongado orgasmo. O dos. O diez. Acompañada. Sacudida. Anegada. Feliz. Sin pasmes.
Mi mente cavilaba. Que se jodan el Arrid y el Mitchum. Miro alrededor. Nadie. No hay clientes, no hay supervisoras bichas. No hay música de merengue bajanota. Deja hacerme la chistosa. Deja frotar mi pecho contra mis manos. Deja verificar que esta ausencia de puntadas es real. Deja masajear mis mutantes, sobre la ropa -porque no estoy tan loca. Deja ver si es verdad lo que decía Billy: que la onda cachonda me crucificaba el pecho de venas. Deja ver si no tenemos una cámara de seguridad encima. Deja desabrochar un botón y mirar. Si, caramba, las venas eran un hecho. Al igual que la hinchazón. Y el tirante torcido por sobre el hombro. Deja acomodarlo. Y acomodarla. ¿Y este agite? Y me da por estirar la copa, y mirar. Si, me latía. Y la hinchazón comenzaba a imprimir las filigranas del encaje del escote en mi piel. Y por una vez agradecí usar copas enterizas, porque de haber tenido una costura cada una, ya hubiera visto las estrellas.
Esto hay que celebrarlo. La sinrazón de mi lujuria, haciéndome espechugar en público. Sospecho que iba a tener que cargar a merma un paquete de panty liners nuevo, si quería salir del trabajo sin manchar la ropa. Yo vivo y muero por el algodón, pero estas pantaletas ultracómodas y ultraestiradas mías no son capaces de absorber mucho, y mucho menos hoy. La penumbra en la sección de farmacia habría ahuyentado a los viejitos que venían a exigir refills que ya no tenían, o tomarse la presión en la máquina gratuita, todo al amanecer de Dios. Quiero ser cruda. Estoy como restaurante guaynabito: con la habichuela guisá… ja, la frase de Elenita. Esa loca vivía feliz tiroteando machos y dejándolos puyús, pero hoy yo soy capaz de tirotearle a uno, cantarme enferma, y terminar gritando en La Muda.
El problema era quién. Ni loca me iba a tirar una misión en el trabajo. Solo dos de los chicos eran lo suficientemente sexys como para hacerles caso… y uno era cristiano bobolón, y el otro era gay. A esta hora no hay, eh, invitados por todo esto. Y esto de las misiones… Una sola vez hice semejante cosa, para luego estar dos semanas escudriñando mis pantaletas casi bajo el microscopio, para ver la más mínima marca de sangre en alguna de ellas. Y fue otra decepción. Del muy cabrón, ni acordarme quiero.
Pero esta vez, deseaba. Deseaba desear. Mal no me vendría armar al Frankenstein en la mente. Un maniquí, mediocre de cara, atlético… nah, si aparece, muy bien. Si besaba, mejor. Si era hábil con las manos, que me sintonizara todas las terminaciones nerviosas. Estoy fácil.
Y otra vez el pasme, el “somnum interruptus,” el momento anticlimático de la mañana. De tener la mirada fija en las vigas del techo mientras achuchaba mi pechuga, de la nada se materializó esta doñita sesentona que procuraba los tintes para el pelo. Pasillo 10. A la izquierda. Que le vaya bien, doña. Tengo cita con Joe Wicks en la Nube Número 9. ¿Que dónde usted paga? Acá no va a ser, llegan en una hora.

 

Consejos que me piden

Un grupo de mujeres (que espero que no estén insatisfechas) me sugieren aconsejar a los hombres en sus vidas. Parece que ellos no demuestran deseo alguno de educarse más para garantizar un buen disfrute sexual a sus parejas. Yo no soy experto, pero me eduqué en el tema, y he escrito bastante sobre él.

Mis queridas, nadie aprende en cabeza ajena, pun VERY much intended. Pero lo voy a intentar.

El hombre que quiere dejar satisfecha a su pareja la tiene que conocer bien. No hay dos mujeres iguales. No hay dos polvos iguales. No hay actividad humana más llena de expectativas falsas, de desengaños, de mucho más sentimientos encontrados, que el sexo. Por eso, el que se acerca a la cama y quiere complacer a su pareja tiene que ser honesto: consigo mismo, con su pareja, y con lo que quiere lograr con ella.

El acto mismo es lo fácil; es llegar a la cama lo que es difícil. Salir de ella es hasta peor. Pero ya que vamos a hablar de lo que ocurre en ella, vamos a definir al hombre ideal a la hora de los mameyes. Yo no lo soy. Parece que los ideales son poquísimos.

Lo primero es reconocerse a sí mismo. El amante ideal debiera ser un tipo en buena forma física (porque el sexo requiere buen estado cardiovascular y buena flexibilidad). Si no la tiene, tiene que saber qué es lo no ideal en su persona. Buena parte de nosotros nos dejamos caer: nos ponemos panzús o fofos, llegamos a la cama con la cara hecha una lija, nos enmascaramos los olores con colonias y perfumes lacrimógenos, o no nos lavamos bien, de pies a cabeza. Con la excepción de la higiene, que no es nunca negociable, y la barba de ocho horas (que seguramente no lo es tampoco, aunque habrá la loca que la adore), todo lo demás es arreglable. Eso sí, a menos que la pareja te conozca (y quiera), rara vez te van a perdonar tus limitaciones.

Una de ellas -importantísima para el hombre, una variable en interés dependiendo de la mujer- es el tamaño y forma del dictador Latinoamericano que casi todos los hombres llevamos pegado al cuerpo. A menos que se trate de un eunuco con un clítoris glorificado, las pingas son como las religiones: tu pareja sabe que la tienes, pero no quiere que se la restriegues en la cara 24/7. Todo hombre desea que su pareja aprecie a su MiniMe tanto como él mismo lo aprecia (a la verdad nosotros los varones sobreestimamos al muy maldito), pero la realidad es que la mayoría de las mujeres aprecian al paquete completo (no pun intended), incluyendo al dueño. No están dispuesto a aceptar al pene, así haga maravillas dentro y fuera del cuerpo de ella, si el dueño es un soberano cabrón.

Casi todo hombre es un complejo ambulante cuando de su pene se trata. A quienes la naturaleza los dotó bien, felicidades. “Size does matter”, pero casi siempre el tipo se sobreconfía de eso para volverse un desastre. Hay el individuo cuyo apéndice peneano largo y flaco hace gritar a la mujer… pero de dolor, porque le sobetea el cuello del útero con la punta como si le fuera a hacer un raspe a la pobre mujer. Hay el normal y grueso que rellena a la mujer y la deja contenta de la primera, pero la deja esperando mucho más. Está el normalito. Y está el desfalcao. Ese se jodió bien duro. “Mucha dinamita y poca mecha,” les llamaba una amiga mía.

Y está el dotado con la manguera de bombero que se dejó caer: engordó, o es fumador crónico, o dejó de practicar, lleva meses viendo porno pero no ha salido con nadie en meses, el que trabaja 10 horas al día y está estresao, o el que sencillamente piensa en su pareja como una muñeca inflable de carne y hueso. Excepto el que tenga problemas fisiológicos obvios (discos herniados, diabetes, problemas vasculares o neurologicos), todos los demás tienen que hacer algo por ellos mismos y por la pobre pareja que tienen al lado. La mujer que quiere o aprecia al dueño de la manguera usualmente se lo va a advertir; la que apenas lo conoce, no se lo va a perdonar más de una vez (y, a veces, ni eso)

El varón tiene, antes de planear intercambiar fluidos corporales con la mujer, saber qué va a ofrecer, y qué es o no es capaz de ofrecer. El amante ideal sabe acariciar, si, pero más que nada sabe observar. Sabe observar las reacciones corporales de su pareja. Sabe cuánto tiempo dedicarle a cada actividad: besar, acariciar, lamer, chupar, meter, sacar, hablar, callar… Sabe preguntar. Sabe pedir permiso. Sabe disculparse. Sabe decir la verdad. Sabe que no le aceptarán mentiras de ningún tipo.

Sabe que va a la cama con dos sacos (no pun intended): uno de ganar, y otro de perder. Sabrá que una noche podrá estar duro tres horas y cuarto y hacer venir a su pareja cinco veces, y que la próxima lo meterá y se vendrá de solo meterlo. Y sabrá por qué pasaron ambas. Y sabrá que el hombre concentrado en lograr su orgasmo es capaz de eyacular a los dos minutos, pero que es difícil que la mujer orgasme sin al menos siete minutos de taller… y ninguno de los dos quiere menos de quince en la cama. Y si sabe lo que hace, tomará medidas al respecto: vaciará su próstata dos horas antes de encontrarse con la mujer despampanante que lo haría venirse de nada más verla entrar por la puerta; sabrá cambiar de ángulos y posturas hasta encontrar los puntos dulces; y por sobre todo, ESO que ella le gusta, lo hará cuanto tiempo ella se lo pida, así a él le duela, así le deje la espalda hecha un escombro o la quijada dislocá. Así le dé tendonitis en la muñeca, o se sienta ridiculo haciéndolo. Veinte veces.

El amante ideal se quitará la idea de la mujer como actriz porno potencial. A menos que ella lo sea, que las hay. La mayoría no están para acrobacias ni “money shots”, porque no hay nadie mirando. Porque las pornos viven de gemir mientras no sienten nada. Viven de mamar hasta atragantárselo en la laringe. Viven de lucir regias mientras las barrenan como tormentera antes de azote de huracán. Y la mayoría lo hacen anestesiadas con alcohol,cremas o drogas para aguantar el dolor. Y eso, tipo, no es lo que ellas quieren. Quieren manos delicadas, hasta el momento de no ser delicadas. Quieren besos y caricias lentas. Con asombrosas excepciones, no quieren dolor. Quieren que el trato sea deliberado, no torpe ni brusco. Ni los pezones son botones del radio del carro, ni los labios mayores goma de mascar, ni la vagina una acera para que la destrocen con un chipping hammer. No quieren sorpresas: ni chispetazos en el ojo, ni ataques sorpresa en el ano, ni repetir escenas de bukkake a la menor provocación.

Mujeres hay y hay. Está la tierna para quien el sexo es imposible si no es amoroso y cargado de quinientos te quieros. Está la que va a todas y prefiere dejar boquiabierto a su pareja con los prodigios que es capaz de hacer. Está la que no sabe, no dice y no hace -curiosamente, las mujeres más hermosas tienden a ser torpes en la cama, porque no necesitan de tanta maña para atraer a docenas de hombres. Está la que sabe hacer una sola cosa bien, pero necesita práctica en las demás. Están las inexpertas, muy nerviosas para pedir lo que quieren. Están las que sienten una sobrecarga de estímulos tal que gritan y gimen como para despertar al vecindario entero. Están las que no sienten nada -por la razón que sea, su mente bloquea sus deseos. Y están las que, calladas y en silencio, viran a su parejo como media. Y el buen amante debe saber manejar a todas.

Usualmente, las acrobacias se dejan para cuando uno conoce de verdad a la pareja. La primera vez se perdonan las torpezas -hasta cierto punto. Nada que duela, lastime o desagrade a la pareja es aceptable… a menos que ella sea masoquista confesa. Eso sí, el buen amante sabrá buscar en cada centímetro cuadrado del cuerpo de su pareja qué la excita, qué la irrita, y qué la enloquece.

Pero la técnica no se aprende en libros. La técnica requiere práctica… aunque hay vírgenes que son unxs amantes prodigiosxs a solo segundos de follar por primera vez. Hay toda una etiqueta adjunta al sexo. Nos vemos ridículos a veces chichando. Se nos escapan ruidos, fluidos, palabras que no debemos usar. Se nos resbalan las manos, o las gónadas. Perdemos el balance, nos torturamos brazos y rodillas, embarramos el colchón. Nos damos golpes (espero que ninguno doloroso). Todo eso, más decidir quién descansa sobre el colchón mojado. En todo caso, asume ser cortés, desinteresado, sin dramas, sin exageraciones. Y duerme tú encima del punto mojado aunque la espalda se te emplegoste.

El buen sexo requiere concentración por parte del hombre… y requiere un desinterés total en uno satisfacer sus ganas y deseos, en favor de hacer de la experiencia una memorable para su pareja. Puede llegar a ser trabajoso, difícil, requiriendo que uno se concentre hasta el punto de pasar por insensible. Hay que evitar eso último a toda costa. Si, la idea es llevarla al orgasmo, pero es a ella entera, con todos sus sentidos. Ayuda mucho preguntar, dejar que ella guíe tus manos, que tus dedos sientan los cambios en el cuerpo de ella, que tus ojos observen sus sobresaltos, sus espasmos, sus venas hinchadas, sus areolas erguidas, su vulva púrpura, sus pupilas dilatadas, su jadeo…

De vez en cuando, sin embargo, uno se encuentra con una virtuosa en la cama. Una curvácea, atrevida, alegre, nada de tímida, que sabe qué quiere y lo quiere hacer con uno. De esas que hacen maravillas con los músculos entre sus piernas, que quieren contorsionarse hasta disfrutar de cada pulgada de su pareja, que saben que lograrán descontrolar al hombre más experto. Y he aquí que el buen amante desenfoca su mente lo suficiente como para dejar que ella le cabalgue a gusto, que se contorsione como ella quiere, y no sentirse ni humillado, ni intimidado, ni molesto por, en resumidas cuentas, encontrar a una pareja más experta que él. Y habrá la vez que ella le lastime: le clave sus uñas, le muerda, le tuerza su pene hasta que le duela… Uno entonces debe tratar de no salir lastimado, pero si no quedara otra, que no se convierta en un bajanota.

Habrá las veces que el dictador latinoamericano no coopere. No se para ni con grúa. El temor, el cansancio, el estrés… la dejaste puyúa, ¿y ahora qué vas a hacer? Siempre está pedir disculpas. Si la causa es fisiológica, atenderla, y pedir reintegro. Si es psicológica, asegurarle a tu pareja que la culpa no es suya, pero si no se lo cree, habrá que arriesgarse a que no quiera más nada contigo. Pero haz algo, tipo. Usa tus manos, tu boca, tu mente para encontrarte con ella y su “mood”. Si no resulta en nada, no insistas.

Y habrán veces en que la dejes puyúa, pero porque te corriste muy rápido. Mismo asunto: determina si es psicológico o fisiológico. No es raro que pase si anticipaste demasiado el encuentro, o si ella resultó muchísima más mujer de lo que esperabas. Pero si ocurre más veces, mira a ver qué te pasa. Quizá hace tiempo no tienes sexo, quizá te sobreacostumbraste a la paja, quizá ella tiene una vagina tan prodigiosa que te sobrecarga de placer. Quizá no tienes experiencia suficiente. Lo que sea, pregunta…

Lo que ocurre más a menudo es que ambos traten… y no engranen. Ella no está en el “mood” Tu no encuentras forma de excitarla. O ella, fisiológicamente, se tarda un montón. O tú no has tratado los preliminares lo suficiente. O sencillamente, uno de los dos no se imagina alcanzando un orgasmo con el otro esa noche. Moraleja: aparte de preguntar, procura que ella esté lo suficientemente húmeda como para que sus fluidos broten por su vulva. No intentes penetrar antes de ese punto.

Finalmente, tipo, procura que el centro de la experiencia de ambos sea su disfrute mutuo. Esto no es un juego de mesa, donde hay que llevar “score.” Y siempre, siempre, siempre, No es No. Eso ni se cuestiona.